Por: Carlos Bongcam
La suerte que tuvo el ciudadano chileno al cual sus tarjetas de crédito, y junto con ellas el carnet de identidad, le salvaron la vida al detener el proyectil disparado por un delincuente, no es un hecho nuevo en Chile.
Efectivamente, en febrero de 1973, en el pueblo de Purranque ocurrió algo muy similar. Aquel día estábamos proclamando al candidato socialista a diputado. Después de la clásica concentración efectuada en la plaza, recorríamos marchando con gritos y banderas las calles del pueblo, cuando desde la sede política de la democracia cristiana, en aquel tiempo contraria a la Unidad Popular, nos atacaron a balazos.
La gente huyó en todas direcciones en busca de refugio. No obstante el lúgubre y seco sonido de los disparos, un joven democristiano, a quien llamaré Juan, tal vez por pertenecer a esa corriente política, siguió imperturbable su camino por la acera contraria a la casa desde la cual se hacía un nutrido fuego de armas cortas y largas sobre la multitud despavorida. En el momento en que Juan pasaba frente al local de su partido, varios disparos lo abatieron. Los jóvenes socialistas, arriesgando sus propias vidas, corrieron a auxiliarlo, tal como lo habían estado haciendo con todos los que ya habían sido heridos.
Una vez en la posta de primeros auxilios, a la cual se estaba llevando a todos los baleados, se comprobó que Juan tenía heridas en una pierna y en un brazo. Casi junto conmigo, a la posta llegó el Alcalde de Purranque, un señor demócratacristiano al cual yo le había resuelto el problema que había creado el único regidor socialista elegido en Purranque, que se negaba a acatar las reglas del juego democrático al tomarse el local de la Municipalidad pretendiendo ser reconocido como Alcalde, dando como argumento la votación obtenida en la elección. El Alcalde se mostraba sinceramente consternado con lo que estaba ocurriendo.
“Esto no puede ser, me dijo, yo no estoy de acuerdo con llevar la contienda política a este extremo.” “Yo tampoco, le respondí, pero vea usted, los disparos proceden del local de su partido.” Todavía se escuchaban los intermitentes ecos de las armas de fuego. Luego nuestra atención se centró en el joven herido. “Me han informado, le dije, que este joven es demócratacristiano.” “Efectivamente, me respondió el Alcalde, pero no sé bien cómo se llama.” “Hay que averiguarlo, le dije, porque yo quiero dejar constancia en Carabineros.”
El enfermero le preguntó al herido por su carnet de identidad y éste le dijo que lo tenía en su billetera. Al sacarle la billetera del bolsillo del lado izquierdo, al interior de la chaqueta, descubrimos que un proyectil de calibre 22 largo había quedado atrapado entre los papeles, los billetes y los documentos del herido, entre ellos su carnet de identidad.
El Alcalde, demudado, me dijo: “Voy a detener los disparos, ésto no puede seguir,” y salió a la carrera de la posta para subirse a su camioneta. Efectivamente, poco después cesaron las detonaciones y una tensa calma arropó al pueblo de Purranque.
Todos sabemos de dónde procedieron los disparos, siete meses después. Sólo que las billeteras y los carnets de identidad, no detuvieron las balas de los fusiles de guerra.
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